Desventuras de una tonada

Written by Silvia Cañete on Octubre 5th, 2009

“El hábito no hace al monje”, decía siempre mi tía Clara para aleccionarme de las paradojas entre “ser” y “parecer”. Por alguna razón este dicho popular –que después descubrí con cierta frustración no era de autoría de la mencionada- quedó grabada con cierta fuerza en mi memoria desde la infancia. Tal vez será porque luego iba a ilustrar muchas de mis experiencias en Catamarca.

Durante el primer año de mi vida en Catamarca tuve que enfrentar algunas respuestas “agrias” de los comerciantes, miradas despectivas de empleados bancarios, entrevistas laborales estrictas y saludos esquivos de mis vecinos. Debo admitir que siempre tuve las puertas abiertas en el mundo laboral, con reconocimiento y hasta con demasiada consideración de parte de mis jefes.
” Tengo la sensación que no caigo bien en Catamarca”, le confesé luego de un tiempo a una compañera de trabajo que, con ciertas dificultades me había concedido cierta confianza.
“Tengo que decirte que tu tonada no cae muy bien acá Los cordobeses son soberbios y altaneros”. El comentario fue desconcertante porque siempre creí que son los porteños los “enemigos únicos”, los que no encajan con el resto del país, los que son, en definitiva, como extranjeros viviendo en nuestro territorio…

De repente me sentí en la intemperie. Se me cruzó una sensación de solidaridad con los ruidosos habitantes de Buenos Aires y a la vez, quería convencer al mundo que son ellos los que desentonan con el ser nacional.
Con el tiempo este sentimiento contradictorio fue adquiriendo varias caras. Mi actitud vaciló entre integrarme a toda costa o despreocuparme por la cultura xenófoba que impera en estas tierras. Algunos cordobeses comentaban que les sucedía lo mismo e incluso he participado de algunas conversaciones en la que se insistía en defenestrar la vida catamarqueña como un modo de catarsis, supongo, ante tanto rechazo.
Lo peor del caso es que la tonada, particularmente la de los oriundos de la “docta”, es imposible de esconder. Resulta casi una carta de presentación, una visa de identificación y, a pesar de los intentos, no la podemos dejar abandonada, desecharla….

Lo interesante es que los años me demostraron otro dato. Si bien el origen podía actuar como una forma de discriminación para la vida social, resultaba un aval exitoso en el ámbito laboral. Para muchos, haber nacido cerca de la histórica Universidad Nacional de Córdoba, actúa hasta genéticamente sobre los pobladores. Es como una sabiduría que se adquiere por el solo hecho de pasar por la calle Trejo, casi como si se tratara de una aguja hipodérmica que se aplica a todos los nacidos en esa ciudad.

El prejuicio, que en forma generalizada se constituye en un estereotipo, puede resultar perjudicial o beneficioso para el que la padece, pero en todos los casos es una apreciación injusta. La cultura local está plagada de juicios anticipados y de estructuras rígidas. Por supuesto que podría hacer un listado de virtudes acerca de esta sociedad compleja, contradictoria y singular. Lo cierto es que Catamarca tiene una manifiesta desconfianza hacia lo diferente, hacia el extranjero. Tal vez haya una historia de invasión que perdura en algún rincón de la memoria de los ciudadanos o simplemente sea una manifestación de inseguridad.
Es justo admitir que no todos los catamarqueños son iguales y, con el mismo criterio, los foráneos no son idénticos porque “el hábito no hace al monje”.

 

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