Notas

Un relato sobre la residencia del general

La casa olvidada

El temor de una casa, la simplicidad de un niño y la indiferencia de un pueblo

Lunes por la mañana, ya son casi las doce y media. La calle San Martín está repleta de autos, la gente va y viene por todos lados, los chicos salen del colegio, un bullicio generalizado se apodera del centro. Todo es acelerado, como si nadie pudiera detenerse. De pronto, un niño se paraliza frente a una vieja casa. La mira fijo y atentamente, su rostro se transforma en admiración, sus ojos parecen haberse olvidado de pestañar. Así, inmóvil y fascinado le pregunta a la casa: ¿qué me dijiste?

La vieja casa: por favor no me destruyan.

El niño: ¿cómo?

La casa: yo soy parte de ustedes, parte de su ciudad, parte de su historia. Les puedo contar muchas anécdotas, conocí mucha gente muy importante para la ciudad; hoy ya no están con nosotros, pero sus recuerdos, sus costumbres, sus amores, sus secretos, sus debilidades, sus virtudes, sus sueños y sus temores están latentes en mi corazón. Si hasta a veces los imagino caminando de nuevo por el patio, conversando en las galerías, almorzando en el salón, admirando los cerros desde el balcón. Cómo les gustaba mirar la Catedral desde mis balcones, siempre les escuchaba decir lo orgulloso que estaban de la belleza de nuestro valle. Cuando venían visitantes de otras ciudades se quedaban admirados al apreciar desde los salones del primer piso las cúpulas de la Catedral y ese lujoso telón de fondo que era el cerro Ambato. ¿Qué es de la vida del cerro?, ¿sigue tan hermoso como siempre?, yo ya no lo puedo ver, si hasta eso me quitaron. Me siento tan sola.

El niño: no te sientas triste, yo te voy a ayudar. Aunque no lo creas, y aunque hace poco que te conozco, para mí sos una vieja amiga. Mi abuela siempre me hablaba de vos. Me contaba que un viejo general vivía muy feliz aquí. Me decía que eran épocas muy lindas, que mucha gente venía a visitarte. Me contaba de sus trajes y su forma de hablar.


Puerta cancel de hierro forjado ubicada en el zaguán de entrada.

Hoy forma parte del recuerdo…

Pero lo que más me llamaba la atención era cuando hablaba de los días domingo, decía que tu patio era una verdadera fiesta, que se reunía toda la familia del general, que iban todos a misa y que después se hacían grandes almuerzos en tus salones, que mucha gente trabajaba junto a vos para que todos se sintieran cómodos. Me contaba que la misa era en la Catedral y que ésta es como si fuera tu hermanita mayor, que a las dos las hizo un arquitecto, un tal Caravati, que vino de muy lejos, pero que quería a Catamarca como pocos, que desde el mismo momento en que llegó, trabajó sin parar para hacerla más linda. Decía que gracias a él la ciudad se convirtió en la más bonita de todas. Me contaba de la cantidad de obras que él realizó, y yo le preguntaba que cómo hizo para poder construir tantas, ella me respondió que eran otras épocas, que su familia lo ayudaba, especialmente su hermano y después su hijo. Que por aquellos años la ciudad era muy pujante, que el general que aquí vivía, supo marcar el camino del progreso y el bienestar para los catamarqueños, que en esa época se construyeron muchas escuelas, un gran hospital, el cementerio, la casa de gobierno y el paseo de la alameda que, según me contaba mi abuela, antes tenía un hermoso espejo de agua y que en el templete que había en el medio de él los días domingo tocaba una banda.

La casa: qué lindas cosas te contó tu abuela, lástima que la gente grande no siempre se acuerda de estas pequeñeces.

El niño: ¿cómo pequeñeces? A mí me parecen muy importantes. Me dejás pasar un ratito, quisiera ver si sos tan linda como ella me contaba.

La casa: espero no desilusionarte. Lo que pasa es que estoy tan vieja, tan descuidada, que me da vergüenza.

El niño: ¡qué hermosas galerías!, ¡qué lindos arcos!, ¡qué tranquilidad hay aquí! Esta debe ser la escalera que ella siempre me contaba, es más grande de lo que me imaginaba. Permiso voy a subir.

La casa: bueno… pero con cuidado, estoy un poco flojita.

El niño: qué linda se ve la santa rita desde aquí arriba. Del otro lado de los salones deben estar los balcones que dan a la plaza, ¿puedo salir?

La casa: sí, pero con cuidado.

El niño: pero… ¿cómo? Mi abuela me había contado que desde aquí se veía la Catedral y sus hermosos campanarios con un cerro bien azul en el fondo.

La casa: tu abuela tenía razón. Así se veía, pero a veces los hombres quieren más el dinero que a sus propios cerros. Para ellos esto es progreso, yo no los entiendo, ¿cómo puede ser progreso esconder lo más preciado que tienen? Y pensar que después se hacen llamar los hijos del valle.

El niño: la verdad, es que yo tampoco los entiendo mucho. ¿Vamos abajo?, quiero conocer tus otros patios.

La casa: bueno, vamos.

El niño: a ver, pará un segundo. Aquí, en el zaguán de entrada, ¿no había una gran reja? ¿El piso del patio, no era de mosaicos? Ay, qué diferente está todo esto a como ella me lo contó. Ella me dijo que el patio era rectangular, y nunca expresó que tenga desniveles. ¿Qué pasó?

La casa: y… el tiempo.

El niño: ¿qué tiene que ver el tiempo?

La casa: hay personas que sólo miran hacia adelante, no les importan las cosas del pasado, y yo ya soy del pasado, ya estoy vieja... ¡Pará!, ¡pará!, ¿adonde vas?

El niño: al segundo patio, ¡quiero ver el aljibe!

La casa: no, el aljibe tampoco está.

El niño: lo que me temía, ¡es increíble! Cuando mi abuela me contaba, lo imaginaba tan hermoso. ¿Es verdad que estaba todo recubierto con pequeños azulejitos como los que tiene la Catedral en sus cúpulas?

La casa: sí, es verdad. Me dolió mucho cuando me lo sacaron. Pero, qué podía yo hacer, las casas tenemos que sufrir en silencio.

El niño: no todos los grandes deben ser así, de mirar sólo hacia adelante. A algunos les debe importar saber cómo era su lugar, cómo vivían sus padres y abuelos, si no ¿como van a entender a su ciudad y su gente?

La casa: los grandes sólo piensan en el dinero, qué les puede importar una vieja casa.

El niño: pero si vos no sos una vieja casa. Una vez le escuché decir a un señor que las cosas con el tiempo o se hacen viejas o se hacen antiguas. Todo dependía si durante sus vidas iban incorporando hechos que le dieran valor. Y vos tuviste una vida muy valiosa. Sos una antigua casa que tiene mucho para contarnos.

La casa: los grandes no parecen sentir lo mismo, vos pensás así porque sos todavía un niño, para vos los sentimientos todavía son importantes. Pero, cuando crezcas, tal vez también me olvides. Seguro te interesarán más los problemas cotidianos y no tendrás tiempo para esta vieja casa.

El niño: te prometo que yo nunca te voy a olvidar.

La casa: perdoname, tenés razón, no quise ofenderte. Lo que pasa es que tengo mucho miedo. Me siento débil, indefensa y sobre todo muy sola. Por favor… no me abandones, ayudame.

El niño: te lo juro, te voy a ayudar.

La casa: ¡Ay! Si estuviera el viejo general para protegerme…

Reaccionemos a tiempo.

La indiferencia hacia nuestras raíces pueden convertirnos en un pueblo híbrido y sin identidad.

El haber pertenecido a nuestro primer gobernador constitucional, un pujante luchador que supo marcar la senda del progreso en nuestra provincia y convertirse en símbolo de toda una generación de prestigiosos gobernantes.

El haber sido obra del arquitecto más importante de la historia de nuestra ciudad, uno de los más reconocidos por los principales críticos como digno representante de una generación inmigratoria que selló la forma de hacer arquitectura en nuestro país en la segunda mitad del siglo XIX.

No parecen ser dos buenas razones para despertar en nosotros, los catamarqueños, el suficiente orgullo capaz de frenar su saqueo, sus mutilaciones, su paulatina destrucción. Indefensa víctima, no del olvido, pero sí de la indiferencia de su gente, se debe sentir impotente, acorralada, sin salida. Es hora que dejemos esta cómoda pasividad y pensemos seria y efectivamente cómo defender nuestro patrimonio.

El aljibe ya no está, el encanto de su patio ya fue destruido, el zaguán no luce ya el esplendor que le daba su puerta cancel de hierro forjado. A pesar de tanto daño, no todo está perdido, ¡reaccionemos a tiempo!


Casa del general Navarro en una foto de 1995. Se observan las modificaciones al partido original, tendencia hoy llevada al extremo.

Arq. Claudio Tello Pohl
Ilustración: arq. Cecilia Brizuela Barros