Notas

Morir en África

La historia de un cura santiagueño

curaeduardo

Tenía 62 años sobre sus espaldas, casi 63. Recostado en una cama, afectado por el paludismo, sus ojos se apagaban de a poco. Seguramente se encomendó a Dios y se dejó llevar hacia donde él decidiera, en un último y apasionado acto de fe. Su mente repasó cada momento especial de su existencia: el despertar de la vocación religiosa, sus primeros años de sacerdocio, su estadía en Roma para saciar su sed de saber, la mesa
compartida con la Madre Teresa de Calcuta, el rosario de amigos que cosechó especialmente entre los misioneros claretianos, comunidad a la que se entregó con pasión y convencimiento. Pero también sobrevoló
los chañares y mistoles de su San Pedro de Guasayán natal y se detuvo seguramente frente a la figura de su madre, Doña Dora. La habrá imaginado ocupada con los quehaceres del hogar y hasta habrá compartido un mate con ella, una despedida silenciosa, mística con uno de los seres que más amó en su vida terrenal. Y ahí la dejó,tejiendo sus pensamientos, añorando el regreso de su hijo dilecto, el que había viajado a profesar su fe en África, el mismo que se estaba despidiendo de
ella, que se moría de a poco, lejos de su casa, cerca de su fe.
Es el fin de una historia interesante, rica, sin importar las creencias de cada uno. Es la historia de Félix Eduardo Cisterna Arroyo, un santiagueño que nació en San Pedro de Guasayán, pequeña población a la
que las vías del tren separan de Catamarca. Allí nació el 13 de octubre de 1942. En ese lugar creció y, cuando podía, volvía a él, para reencontrarse con sus más inocentes recuerdos, los de la niñez y la
adolescencia. Paradójicamente la vida lo llevó por distintos
caminos: recorrió el mundo con la misión de enseñar la Biblia y terminó sus días en Guinéa Ecuatorial, en el corazón de África, tan lejos de su Gusasayán natal. El padre Cisterna Arroyo había llegado a África poco
tiempo antes para enseñar lo que más sabía: la palabra de Dios. El destino, uno de los países más pequeños del continente negro, antigua colonia española que tiene más del 80 por ciento de su población católica.
Su presencia en esas tierras africanas no era casual. Tiene una población joven –el 45% no supera los 15 años-, su tasa de natalidad ronda el 42 por mil y una mortalidad cercana al 16 por mil. La esperanza de vida
es de 49 años para los hombres y 53 para las mujeres. Sólo un 4% de la población tiene más de 65 años. Todos rasgos de la pobreza de un país subdesarrollado y muchas veces castigados por conflictos internos.
Tierra fértil para un misionero de vocación como Cisterna Arroyo.
Sin embargo ese fue su último destino. Allí, el 11 de octubre de 2005, se apagó su llama iluminadora. El paludismo minó su salud y un infarto fulminante terminó con su existencia terrenal. La noticia
conmovió a la comunidad claretiana internacional porque el padre Cisterna Arroyo, ese humilde santiagueño, era admirado por su vocación, por su sencillez, pero también por ser un intelectual bien
formado, tanto que escribió varios libros sobre teología y sobre las sagradas escrituras, temas sobre los que se especializó en Roma.

eduardo cisterna

Horizontes lejanos


El padre Eduardo Cisterna, conocido cariñosamente como “El Negro”, dejó su tierra santiagueña muy temprano y en 1958 terminó sus estudios secundarios en el Colegio Corazón de María, en Córdoba. Luego seguiría Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba, pero tras un par de años descubre que su verdadera vocación era el sacerdocio.
En 1961 ingresó a la Congregación Claretiana de Chascomús y ya en 1968 es ordenado presbítero en Villa Allende, Córdoba. Luego se trasladaría a Roma hasta 1973, donde cursó las licenciaturas en Teología y en Sagrada Escritura. Llevó su palabra a los lugares más recónditos del planeta, desde Chile hasta Filipinas. Sólo algunos datos bibliográficos que describen una de tantas facetas que adornaron su vida personal. Detrás
del intelectual estaba el hombre simple y sencillo. “Con una aparente timidez, era un buen compañero, alegre y bromista. Sus bromas, por momentos ácidas, le valieron el apodo de “Cicuta”, que, según reconocería
después, ya se lo habían endilgado sus compañeros de secundario”. La referencia surge de un folleto escrito por quienes lo conocieron de cerca, los que lo describen como un ser humano normal, amante del fútbol
y de las reuniones con amigos. Fueron esos atributos los que dejaron una huella profunda en los lugares en los que estuvo. A pesar de
su corta estadía en África, su recuerdo permanece imborrable. Monseñor Juan Matogo Oyana, obispo de Bata, escribió sobre él: “Pude recibir al padre Cisterna. Estaba sereno e ilusionado por los servicios
que iba a prestar, no sólo a los jóvenes claretianos, sino también al Seminario Mayor de las tres diócesis, al pueblo cristiano y a diversas asociaciones de fieles, que ya preparaban su lista de turnos”.
“Con esta muerte –agrega el prelado-, la congregación pierde un hijo valioso, y la Argentina a un miembro cualificado, mientras que la Iglesia de Guinea se ve privada de un servidor de la palabra, tan
experimentado como entregado. Los planes de Dios son inescrutables”.
Conforme a la costumbre de los claretianos, el Padre Eduardo, como todos lo conocían, fue sepultado en Malabo, capital Guinea Ecuatorial, muy lejos de su Guasayán natal.

D.S.