La distribución de la riqueza, el problema que no resuelve el siglo XXI
La perversidad de la piñata
La piñata es, tal vez, uno de los rituales infantiles que más tiempo se ha mantenido a lo largo de la historia de las distintas sociedades y generaciones. Con el tradicional muñeco desaliñado o con las modernas figuras de Barbie o el Hombre Araña, este juego se repite hasta con cierta solemnidad en cada cumpleaños de los más pequeños de la familia.
A pesar de la inocencia con la que padres y niños se disponen a celebrar el evento, la piñata encierra –como muchos otros juegos- un modelo que no está exento de perversidad y que puede servir como metáfora para entender algunos aspectos de la vida social. Todo está armado para que el más fuerte o el más veloz acumule la mayor cantidad de premios y éste será quien, habitualmente, se lleva el aplauso de los demás. Seguramente la similitud con las prácticas que impone el mercado es pura casualidad….
Por Silvia Cañete
Es muy probable que la manía de ver en toda acción social su rincón ideológico sea propio de una patología que padecen algunas personas. Psicólogos y antropólogos refutarán este análisis con un listado de argumentos. A pesar de la poca “resistencia científica”, la asociación resulta por lo menos didáctica para analizar las rutinas cotidianas. El ejemplo puede servir también para observar cómo a partir de la explosión del crecimiento catamarqueño en los últimos años de la década de los 90, los más pequeños o los más débiles se quedaron al margen, no participaron de los beneficios.
Una de las características centrales de la celebración de la piñata es que el artefacto preparado para la ocasión -bajo la bandera de látex, cartón o papel que enarbolan las “Chicas Superpoderosas” o “Barny”- explota en tan solo unos segundos para desparramar a diestra y siniestra todo tipo de sorpresas ante los ansiosos participantes. Allí, es cuando los más chiquitos reciben el acontecimiento con mucho temor, los mayores, a fuerza de codazos, comienzan la cosecha, algunas niñas se resignan ante la impotencia y los más hábiles pueden aprovechar la oportunidad para recoger los premios que quedaron en los rincones. En tanto, los niños que no estuvieron en el lugar óptimo o que no son beneficiados por cuestiones de altura o tamaño vieron frustradas sus expectativas. ¿Puede utilizarse esta metáfora para estudiar el caso Catamarca?
La explosión de la riqueza
La provincia constituye uno de los ejemplos de mayor crecimiento exportador en el escenario nacional. En efecto, ha logrado mantener un monto comercializado cercano a los 500 millones de dólares por año desde 1997 hasta el año 2000, cuando históricamente su volumen no excedía los 30 millones. Actualmente exporta más de 700 millones de dólares.
El incremento del PBI, es decir del valor de los bienes y servicios producidos en el territorio, experimenta un salto significativo de 1998 a 1999 debido a la explotación minera. Es decir, en muy poco tiempo –tal como ocurre en el ejemplo de la piñata- se produce la riqueza. ¿Quiénes lograron obtener los premios?.
En 1991 había 14.032 hogares con necesidades básicas insatisfechas, es decir un 24,6% sobre la población total. En el 2001, la cantidad de hogares con NBI aumentó a 14.287, aunque en términos relativos pasó a un 18,4%. Algunos analistas indican que como la población creció en esa década el indicador en términos relativos bajó, pero en la práctica es muy probable que esas mismas familias no hayan modificado su realidad. Si bien no hubo más pobres, los más débiles volvieron a quedarse al margen, no participaron de los premios.
La realidad es más dramática cuando se observa que en algunos departamentos, como Antofagasta de la Sierra, ese indicador llega a 41,5% o en Ancasti al 41,8%. Las localidades con estadísticas alarmantes son Villa Vil donde el 61,7% de sus hogares tienen NBI y en Corral Quemado esta medición alcanza a 53%.Para ser más gráficos, se puede decir que mientras en localidades belichas 6 de casa 10 familias tienen viviendas precarias, condiciones sanitarias inadecuadas o bajo nivel de ingreso, en San Fernando del Valle de Catamarca esa proporción es de 1 por cada 10 hogares.
La economía, esa maldita…
La mirada económica clásica seguramente dirá que este problema se debe a la tendencia “natural” del mercado. Esta mano “invisible” resuelve estas diferencias sociales a partir de la inefable ley de la oferta y de la demanda. Es decir, la competencia –ese motor que impulsa la economía según la proclama de Adam Smith- es la que llevará a las más de 14 mil familias catamarqueñas a preparase con mayor fuerza y habilidad para que en el reparto de la torta puedan obtener algún beneficio.
Hasta hace podo tiempo esta perspectiva fue predominante entre los especialistas y gobiernos del mundo bajo la denominada “teoría del derrame”, reformulación liberal ajustada a los nuevos tiempos. Esta concepción suponía que el crecimiento generalmente venía acompañado de desigualdad, pero ello no duraría mucho tiempo. En efecto, esta óptica señalaba que cuando se alcanza cierto incremento en la producción de la riqueza, los beneficios se derramarían hacia abajo.
Pasaron diez años, las mismas familias catamarqueñas que están radicadas en tierras cercanas a la gran producción minera, no vieron los beneficios del derrame. Es más, el mundo camina hacia una desigualdad cada vez mayor, según se desprenden de los informes anuales de Naciones Unidas.
Sin embargo esta disciplina tan poco popular, no tiene una sola respuesta. Algunas ideas se ubicaron en la vereda opuesta a la llamada Escuela Clásica ante los estragos sociales que dejó la Revolución Industrial en el siglo XIX y la Gran depresión de 1930. Hacía falta controlar al no tan virtuoso mercado.
Para volver a la metáfora de la piñata, es justo decir que siempre aparece en el ritual algún participante que, por propia voluntad o presión ajena, decide compartir las sorpresitas, golosinas o juguetes acumulados, con los más perjudicados por el sistema. Allí es cuando aparece el Estado, además de otras instituciones que serán objeto de un análisis posterior.
¡A repartir!
En las economías de mercado, el Estado asume el rol de redistribuidor de la riqueza. Es decir, participa con toda su fuerza del ritual de la piñata, debe estar en el lugar y momento oportuno para acumular la mayor cantidad de premios posibles con el fin de repartir en una segunda etapa los beneficios entre quienes –por debilidad o por falta habilidad- quedaron fuera. Esto ocurriría así en el modelo ideal, es decir si se congelaran algunos otros factores como predominio del interés individual sobre el general, corrupción en cadena, etc.
El otro problema que habrá que enfrentar es que el Estado lleva en su propia esencia la búsqueda del monopolio de la fuerza. Para traducirlo a términos más simples, se puede decir que su propia lógica lo lleva a canjear beneficios económicos por poder.
En el caso de la piñata, sería la figura de aquel niño que encuentra que su vocación no está dada en la acumulación de sorpresitas, sino que la clave de su rol se juega en acumular poder, el que se ejercerá a partir de la donación de aquello que él obtuvo en la contienda.
Entre rituales y psicólogos
Las metáforas siempre tienen algunas fallas y habitualmente no son aplicables a todas las realidades. Conviene aclarar que en el presente texto, la asociación de la piñata solo tiene pretensiones didácticas.
La advertencia es para los psicoanalistas, que insistirán en ver en esta relación significativa una experiencia frustrante por parte de la autora, o para los antropólogos, que pudieran volverse exquisitos en la definición del concepto de ritual.
Tal vez la mayor debilidad del modelo consiste en ciertas limitaciones a la hora de la reproducción exacta en el escenario macrosocial. Es cierto que en algunas ocasiones, los niños participan en forma solidaria con el único objetivo de divertirse, lejos está de su intención convertirse en pequeños capitalistas.
También es cierto que los juegos en general no resultan una suerte de entrenamiento previo en la que los pequeños adquieren destrezas que pondrán en funcionamiento mecánicamente en su vida de adultos. Es decir, las niñas que sienten pasión por sus muñecas, no serán necesariamente las mejores madres ni los varoncitos afectos a las armas de metiritas, no se convertirán mecánicamente en potenciales terroristas o propensos homicidas.
Sin embargo, los juegos y los rituales representan espacios de significados colectivos, momentos en los que las sociedades o los grupos repiten con pequeños actos sus propios imaginarios. De esta manera, los niños pueden asumir como “naturales” ciertos axiomas. En este caso, la moraleja será que el más fuerte siempre termina ganando.
No es una gran mentira si miramos la realidad. El problema es enseñar a nuestros niños que es una verdad irrefutable, que no puede cambiarse.