La biografía no contada de un chico de la calle que llegó a ser un ídolo popular
Walter Olmos, una estrella fugaz
En la esquina de un semáforo, sus tiernos ojos me miraron, y un recuerdo me brotó, los de andar, con pies descalzos. A pesar de las mañanas, las de frío y desazón, de no tener para zapatos, y nada más que una ilusión.
Se que quiere jugar, se quiere estudiar, pero no puede. Solo le queda soñar, y no dejar de luchar, a pesar de lo que quiere.
Chico de la calle, lo que estas sufriendo también lo he vivido. No pude jugar, no pude estudiar, mi escuela fue la calle.
La música resuena una y otra vez en la humilde vivienda ubicada sobre la avenida Choya, mientras afuera, en la calle, el viento norte arma remolinos de arena y el intenso calor pega fuerte en el gastado asfalto, sin reparo que se le oponga. Adentro, varios afiches amarillentos por el tiempo pasado, pegados en una pared sin pintura, muestran a un joven morocho con una sonrisa enorme para su cara. Parecen viejos, de un tiempo lejano, de un tiempo mejor.
La casa es donde pasó parte de su infancia Walter César Alberto Olmos, el ídolo cuartetero catamarqueño conocido sólo con su primer nombre y apellido, el chico de la calle que gozó de una efímera fama llena de extravagancias, ajenas a su humilde origen. Su estrella brilló apenas un par de años, desde un presente incierto hasta su muerte trágica, en un pequeño hotel de Buenos Aires, poco antes de un recital que nunca fue. En ese tiempo las marquesinas brillaron, subió hasta el cielo y cayó abruptamente hasta quedar atrapado en una oscura y eterna noche.
La letra de “Chico de la calle”, uno de sus mayores éxitos, resume ese origen cruel que vivió hasta los 18 años, en que un banco de plaza lo acunó en la mayoría de sus noches y abrigó sus sueños de ser cantante, como la “Mona” Jiménez, el ídolo máximo en el seno familiar.
Walter fue el segundo de nueve hermanos. El refugio familiar, ese al que algunos llaman hogar, era una casita sencilla, con revoque grueso y piso de tierra, en el barrio Altos de Choya, al norte de San Fernando del Valle de Catamarca.
La rebeldía de ese presente sin futuro ni contención afectiva lo lanzó a la calle casi por obligación. Y aunque no terminó la escuela primaria se graduó en la universidad del cemento. Allí aprendió a ganarse la vida como lustrabotas, pero también a robar. En su lucha por sobrevivir a la adversidad trasgredió una y mil veces, actos de los que no resultó impune: más de de una vez pasó la noche en distintas comisarías de la capital catamarqueña. “Tengo más de 90 caídas en la cana”, solía ufanarse cuando la vara del éxito ya lo había tocado. Su reincidencia en la marginalidad lo depositó en lugares como el Hogar Tutelar de Menores o en el Centro de Rehabilitación de Menores de Santa Rosa, destinado a adolescentes reincidentes o judicializados.
Esa voz
Comenzó a cantar de niño. Los discos de Carlitos Jiménez se escuchaban todo el día en su casa porque su madre era una fiel admiradora del ídolo cordobés. Así, a Walter se le hizo callo en el alma y la voz el timbre de “La Mona”, al que imitaba en asombrosa sintonía.
Entre los 12 y 13 años uno de los integrantes del grupo musical “Los Bingos” lo escuchó y lo incorporó a las presentaciones de la banda como un show adicional, para que interpretara dos o tres canciones. Cuando no cantaba Walter seguía haciendo de las suyas con amigos de la calle. Y una y otra vez debía pasar la noche en algún frío calabozo de comisaría.
Ya adolescente, a los 15, “Los Bingos” lo incorporaron como solista del grupo y eso empezaría a marcar su destino de cantante.
El sucesor
Un año después el cuartetero Rodrigo Bueno se presentó en “La Casona” y mientras estaba en la barra alguien le hizo escuchar un “demo” con canciones de Walter, sin decirle que se trataba de él. -Es La Mona, dijo en el acto, pero cuando le aclararon que se trataba de Walter enloqueció y pidió que se lo presentaran. El chico estaba en el lugar y Rodrigo lo invitó a subir al escenario, para cantar con él en la mayor bailanta local.
El feeling fue inmediato y “El Potro” lo llevó para participar en presentaciones que tenía previstas en Tucumán. Eran señales, el chico de la calle comenzaba a crecer.
En esa provincia Rodrigo se encontró con José Luis “Pepe” Gozalo, manager de varios cantantes de música popular. Rodrigo se acercó desde atrás, le tapó los ojos y lo hizo cantar a Walter a capela. –A que no sabés con quién estoy, le preguntó el intérprete de pelo azul. –Es La Mona…, respondió Gozalo, que se sorprendió porque la voz que escuchaba era en realidad de un morocho de sonrisa grande.
A partir de entonces la carrera de Walter casi no tuvo escalas. Pasó medio año bajo el amparo de Rodrigo y cantó con él en varias presentaciones como telonero. Incluso interpretó el tema “Por lo que yo te quiero”, de “La Mona” Jiménez, en el disco “Rodrigo A- 2000”, uno de los mayores éxitos de Bueno, que en cada show presentaba al muchachito de Choya como su “sucesor”.
Como la rémora que acompaña al tiburón, Walter fue la sombra de Rodrigo. El cordobés lo llevó a vivir con él en su casa del barrio San Martín, en Córdoba. Y allí siguió de telonero, aprendiendo a moverse sobre el escenario bailantero.
Un incidente marcaría un divorcio casi definitivo entre ambos. “El Potro” viajó a Buenos Aires y estuvo allí varios días sin Walter, que seguía instalado en Córdoba. Al volver, los amigos de Rodrigo acusaron a Walter de haber vendido un premio “Gardel” que “El Potro” había obtenido por una de sus grabaciones. Éste montó en cólera y le dio a Walter una verdadera paliza.
Finalmente Olmos admitió que había vendido el premio, pero le confesó que había cometido tamaño sacrilegio porque no tenía con que vivir en el techo prestado. Se había terminado el romance, Walter volvió a su Catamarca natal y su estrella dejaría de brillar en el firmamento nacional, aunque sólo por un tiempo.
Con la frente marchita
El chico de la calle retornó con la cabeza baja y se convirtió de nuevo en el solista de “Los Bingos”.
En junio de 2000 dos empresarios catamarqueños presentan a Rodrigo en el anfiteatro de Valle Viejo. “La Tota” Santillán, que había llegado para presentar ese show invitó a Walter a subir al escenario, pero éste se negó reiteradamente porque todavía estaba dolido por la pelea con Rodrigo. Finalmente sus amigos lo convencieron e hizo furor.
En un hotel céntrico de la capital catamarqueña en donde se alojaba Rodrigo, “La Tota” logra reconciliar a ambos, el 2 de junio de 2000, veinte días antes del trágico accidente que le costó la vida al ídolo cordobés.
El animador y manager lo invita entonces a sumarse a la troupe de Rodrigo y como incentivo le adelanta 1.800 pesos. Era la madrugada y Walter debía presentarse esa misma mañana con el equipaje para incorporarse a la gira.
Sin embargo, en el mismo hall del hotel céntrico donde se alojaba Rodrigo, detrás de un sofá, Walter se duerme en el suelo envuelto sueños. Parecía que la estrella volvía a brillar. Nadie advierte que el chico se había quedado dormido y, como no aparecía al momento de partir, Rodrigo se marcha de Catamarca, convencido de que Olmos le había fallado otra vez.
El 24 de junio, en un accidente ocurrido en Berazategui, la voz de Rodrigo se apaga para siempre. Los excesos de una vida sin pausa le juegan una mala pasada, pierde el control de su camioneta y muere trágicamente sobre una ruta bonaerense.
Con brillo propio
A una semana de la muerte de Rodrigo varios medios de Buenos Aires viajan a Catamarca a buscar al “sucesor”, que siempre volvía a su primer amor: “Los Bingos”. Pero sólo buscaban la nota de color para extender en las primeras planas el suceso de la tragedia que todavía conmovía a los argentinos.
Ese mismo año Walter es invitado por dos empresarios catamarqueños a cantar en “El Molino”, en un homenaje a Rodrigo. Aunque el boliche estaba reservado para otro público, el joven cuartetero lleva 3 mil personas y supera todas las expectativas. Advierte que su estrella tenía brillo propio y al poco tiempo, por diferencias económicas, toma distancia de “Los Bingos”.
En agosto del 2000, en forma meteórica, la carrera de Walter tiene un ascenso vertiginoso. Sus nuevos representantes, Cristian Guillou y “Bubi” Saadi, se entrevistan con Campero, el rey de la bailanta en Tucumán. Entonces comienza la carrera como solista, con la compañía de algunos de sus compañeros en “Los Bingos”, entre ellos Carlos Ponce, uno de sus mejores amigos.
El empresario tucumano conocía el negocio. Contrata cuatro músicos más y a un bandoneonista cordobés. “Cachi” Britos, un reconocido compositor del cuarteto cordobés arma un repertorio en el que la difícil infancia del diamante todavía en bruto estaba siempre presente.
Con su banda Walter se presenta en decenas de pequeños clubes y bailantas del interior tucumano, porque había que darle “rodaje”, decía su manager. En cada hotel que se alojaba el cantante catamarqueño había siempre unas veinte chicas coraban su nombre y cortaban las calles para asombro de la gente, que empezaba a familiarizarse con el nombre del bailantero. En realidad, formaban parte de un club de fans falso que había contratado Campero, una estrategia para instalar el nombre de Walter en el imaginario popular.
El 24 de setiembre de 2000 Walter graba su primer disco, “A pura sangre”, en una presentación en vivo que se realiza en el tucumano club Central Córdoba, ante unas 20 mil personas. La figura del ídolo toma dimensión, con incidencia especialmente en Tucumán y Santiago del Estero.
A los pocos días el joven demuestra que puede ser profeta en su tierra y se presenta en Villa Cubas ante unas 19 mil personas.
El sello Lider Music lanza una masiva difusión de los temas de Walter en Buenos Aires, a través de 400 emisoras de radio. Mientras, en Córdoba –la cuna del cuarteto-, LV 3 inicia una campaña ininterrumpida. Se presenta en Mar del Plata y hace furor.
A fines del 2000, la revista Prensario lo ubica como el número 1 en ventas discográficas. Embriagado por la fama Walter cambia sus hábitos sencillos y se vuelve un estrafalario: alquila habitaciones de hotel que no llega a ocupar y compra zapatos por docenas, toda una obsesión.
El 22 de setiembre de 2000 Walter cumple 18 años y festeja por primera vez su cumpleaños, rodeado de familiares y los amigos de toda la vida. Y también de aquellos que se habían sumado en su todavía incipiente carrera como solista. Entre ellos figura Vanesa una rubia que formaba parte del staff de bailarinas de “Damas Gratis” y que cobró buen dinero para hacer un desnudo parcial, luego de aparecer por sorpresa en una caja envuelta para regalo.
La joven se transformaría desde entonces en la novia oficial del chico de la calle, una oportunista que con el correr de los meses ejerció cada vez mayor influencia sobre él, al punto de distanciarlo de quienes lo habían ayudado en su inicio artístico a nivel profesional. “Fue la ruina de Walter en todo sentido”, recordaría un amigo del cuartetero tiempo después.
Desde aquel cumpleaños Walter creció en el mundo de la bailante en forma meteórica. El fenómeno popular se sentó en la mesa de Mirta Legrand y fue invitado a varios programas televisivos, entre ellos el del “Muñeco” Mateyko, Georgina Barbarrosa y Jorge Rial. Marketinero como pocos, el rey del chimento puso en vivo peleas de baja estofa entre la ascendente Vanesa y la propia madre de Walter, que se disputaban el manejo del cantante.
Una anécdota pone en evidencia que ex bailarina dominaba cuerpo y alma del cantante. En un cruce radial en vivo organizado por Mario Pereyra a través de LV 3 la cantante Talía le ofrece al catamarqueño grabar con ella en Miami. Sus representantes viajan a Estados Unidos y establecen un acuerdo, pero el chico de la calle se niega a viajar porque Vanesa no podía acompañarlo, al tener prohibida la salida delpaís. Antes de conocer a su nuevo novio la justicia bonaerense había abierto en contra de ella once causas penales, algunas como cómplice de robo agravado.
La caída
El 8 de setiembre de 2001 Walter Olmos se presenta en el Luna Park, todo un hito en su carrera, la cúspide que precede a un abismo al que inexorablemente caería con el correr de los meses. Tras al show en el mega escenario de la metrópoli se presenta prácticamente en todos las bailantas del país con inusitado éxito, pero la fama lo ciega, sus excesos lo vuelven inmanejable y sacan de él lo peor que había aprendido de sus noches en la calle.
Varias personas que formaban parte de su entorno y lo encaminaban hacia un futuro promisorio toman distancia de él. Sus caprichos y el manejo de nuevos e improvisados representantes lo enfrentan con quienes manejaban la bailanta en todo el país, que lo excluyen paulatinamente de la gran movida bailantera.
El segundo semestre del 2002 lo encuentra a Walter presentándose en clubes de barrio y escenarios menores. Ya no había dinero para hoteles lujosos y gustos extravagantes. El 8 de setiembre en una habitación del primer piso del hotel San Cristóbal Inn, frente a integrantes de su banda, el cantante pone fin a su vida en forma accidental.
“El cuartetero Walter Olmos se disparó un balazo con una pistola que apoyó por su absoluta voluntad en su sien derecha. Esa es la hipótesis que ayer manejaban con claridad los investigadores. Pero la muerte del proclamado heredero artístico del "Potro" Rodrigo no fue un suicidio como otros. El chico, de 20 años, se mató delante de cinco personas, integrantes de su troupe a quienes tenía pendientes de un juego temerario que derivó en la tragedia”. Así comenzaba su crónica el periodista Leonardo Torresi, que apareció en Clarín al día siguiente.
La noticia trágica conmovía al país, como dos años antes había sucedido con la muerte del “Potro” Rodrigo. El chico catamarqueño, con 20 años, jugaba a la “ruleta rusa” con una pistola Bersa calibre 22. Tras apuntarle a uno de sus músicos y gatillar en falso apoyó el cañón del arma en su cabeza y jaló de nuevo. Los testigos de aquel episodio aseguran que el disparo dibujó una mueca de sorpresa en su cara, como sino esperara el fatal desenlace.
Luego de ser velado en una funeraria de Buenos Aires, el cuerpo de Walter fue trasladado a Catamarca. Una multitud pocas veces vista acompañó el féretro hacia el cementerio local y lloró sin consuelo la pérdida de uno de sus hijos pródigos. La luz de su estrella se había apagado definitivamente. Había nacido el mito.
Daniel Benjamín Saseta