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“La Batea”, una fiesta tradicional en Tucumanao, en Bolsón de Pipanaco

Una fiesta para alegrar el olvido

Recorrer en moto 40 kilómetros de distancia tiene, en los centros urbanos, algo de canchero. Pero si a esos 40 kilómetros se los recorre por un camino más parecido a una senda de tierra con la consistencia del talco, el viaje demanda convicciones extremas. Las que tiene Marcos Reinoso. Maestro de la escuela rural n°73 del paraje de Tucumanao, en el Bolsón de Pipanaco, departamento Pomán, al oeste de Catamarca, cada lunes –por la semana hábil- deja su familia en la casa del pueblo de Colpes, para desandar la huella que lo lleva hasta la escuela donde 17 chicos cursan alguno de los tres ciclos de EGB.

 

El Bolsón es una zona aislada y faltan caminos. Rara clase de oasis, con el marco del Salar de Pipanaco, viven 350 personas dispersas en “puestos”, casas familiares donde mantienen una economía de autosubsistencia con la cría de animales, pequeños cultivos “y de lo que les ofrece el algarrobo como las vainas o la madera con la que hacen utensilios (como las bateas) y muebles”, señala Reinoso.
Para rescatar del olvido a familias y tradiciones culturales, desde 2001 se organiza el festival solidario “Fiesta de la Batea”. Con el objetivo final de aportar donaciones y dinero a tres escuelas de la zona (Maderera San Antonio y anexo Guanaco Yaco, Sapicruz y Tucumanao) que los maestros invierten en insumos varios y mejoras edilicias.
Hasta mañana, cuando termine la edición de este año, las donaciones de los participantes serán prioridad para la escuela-rancho de Guanaco Yaco. La construcción, de adobe y techos de rama, es de uno los puesteros que lo presta para que haya clases. Ahí trabaja el maestro Marcelo Rivas, con unos doce chicos.
Los visitantes, que por tres días participaron en actividades culturales y recreativas con los locales, se trasladan en camiones o camionetas de alta tracción hasta Tucumanao, paraje cuya escuela es privilegiada. Tiene dos maestros, es de material, cuenta con un padrinazgo de Apaer (recibieron una computadora) y por las tardes, los chicos ven televisión nacional satelital, alimentada con paneles fotovoltáicos.
En general, por lo inhóspito de la zona, muchas veces hasta los programas para escuelas rurales llegan con atraso. Cuando llegan. Igual, las clases siguen su rutina de chicos que viajan a lomo de burro 8 kilómetros para entrar, “en punto”, a las 8 de la mañana. “Los maestros les preparan desayuno, almuerzo y un refrigerio. Y hacen rondas de visitas a los padres para “concientizarlos de que los chicos tengan continuidad porque muchas veces dejan un tiempo para ayudar a la familia en los trabajos de campo”, dice Reinoso. De todos modos, enfatiza que lograron “bajar la deserción”, y que impulsaron que algunos sigan estudiando, en centros urbanos, el Polimodal y Terciario.
La cruzada sigue. Apunta a elementos para práctica de deportes tradicionales y a un sistema de extracción y potabilización de agua. Hasta ahora, tanto para humanos como animales, se hace de pozos que pueden llegar hasta los 15 metros de profundidad.

Silvana Avellaneda

 

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